domingo, 10 de octubre de 2010

Memoria privada

I

He amado una voz incontestable. Bella voz que nació
de contemplar su espacio puro de emociones. Su voz.
Su misterio enredado entre palabras ardientes.

Sus emociones fueron las mías y el amor
originó la comprensión de su canto.

Ahora sólo hay melancolía. Y sé que
haberme dirigido, inocente, hacia el ocaso,
fue la perdición del mañana.

Llorar, llorar, tan sólo. Llorar la pérdida
que nunca sostuve. La pérdida siempre pérdida.

Te amé. Te amo. Te amaré.  Porque sentir
el vacío de las constelaciones hiere el corazón.

Continúa el desvelo. La querencia inútil
de tu ausencia origen.



II

Un poeta lírico, que vive de aquella musa
una vez mundo y luego herida incurable,
no debe disimular la raíz de su inspiración.

Esta raíz tiene un nombre y un apellido.

Sin ella, sin la musa, no hubiera llorado
aquel día de invierno, cuando escribí
el primer poema.

Luego pasaron los años. Y el poeta
aprendió a esconder sus emociones
para crear una belleza sin nombre,
que todos pudieran conocer.

Luego vino el estilo y la métrica,
y las lecturas de Neruda cerca del mar,
en Benidorm, donde un mundo nuevo
amanecía en las noches oceánicas, mientras
que por la tarde visitaba, con los amigos,
las máquinas de videojuegos.

Así fue mi vida pasando, ocultando
el dolor para intentar la felicidad
con las chicas terribles que conocía
en los bares del paseo marítimo.

Hubo dos estancias en mi vida de esos años,
la razón poética y la razón cotidiana. Entre
el tumulto y las prisas el recuerdo de aquel verso
que arruinaba mi vida de placer sublime.

Llegué una de esas noches al vómito. Al desamor.

Tanto silencio fui enredando con mi mirada
entre el ruido incomprensible y el fervor,
que nada pude sostener, ni siquiera la acostumbrada sonrisa,
el asentimiento ante lo desconocido de esas voces lejanas
y amigas, que preguntaban por mi estado.

No había amargura, ni llanto. Ni siquiera ruinas. Había sí,
el destello y su ausencia. El impulso y la obligación de contener
un grito de amor en el desasosiego, en la ebriedad, en la doliente transparencia.

III

Cuando uno se acostumbra a la estética. A un decir trasformado
por lo conveniente del arte, está, no obstante, maldiciendo la realidad.

La sinceridad puede ser más elevada que el artificio reformado
de las cosas bellas aprendidas. 

Por esta razón hablaré solamente con sinceridad del pasado, de mi pasado.

Todo empezó en el amor. En el amor inconsciente
por el aire que respiraba. Era el aire de la naturaleza,
allí donde pasé mucho tiempo de mi infancia. Las rosas
convivieron conmigo y aún no sabía de Ausonio,
ni tampoco de Garcilaso. Sin embargo pasé largos instantes
frente a ellas, sin ignorar el suave tacto
de las espinas implacables de su belleza.

Las rosas, de mi primer tiempo eterno, que aprendí a respirar
antes de que cayera la tarde, no sabían de mi naufragio futuro,
ni de mis remordimientos por haber dejado escapar aquel cuerpo bello
que observé en la terraza de un café de Venecia. Cuando aún era adolescente.

Dicen que la vida pasa y no nos damos cuenta. Dicen que vivimos
lejanos de nosotros. Con el mundo, que es de nadie y a todos pertenece.



IV (Continuidad)

Quisiera revivir los años pasados. Todo lo que anduve.
Pero tu voz, el reencuentro, la realidad… Cuántas cosas han cambiado.

Una noche de tormenta puede significar la memoria. Ahora,
donde sueño la ausencia y nada significa. Y tú no existes.
        Y la tormenta no calma.

Me mueve la necesidad solitaria de compartir lo alcanzado
para que no decline inexorable lo perdido.

Así nace el poema. Así sobrevive       la palabra.
       del naufragio

No llores, poeta, el final, el final llega sin más
y responde a tu súplica con otro llanto sin final.

Y tus lágrimas amanecen en la puerta de nadie que nunca se abre.

Éxtasis de silencio

El amor fue un gesto, señal cómplice que daba comienzo a un suspiro sin tiempo. Fue un instante, una caricia del viento, una mirada en...