domingo, 10 de octubre de 2010

La fruta amarga del deseo

Esta noche te habla el silencio, tu soledad calma heridas,

brota la paz donde antes el dolor estaba.

Llega a tu vientre

un cálido abrirse y cerrarse, tus ojos averiguan el rumor de lo extraño,

ignoras a la incertidumbre, porque nada esperas, salvo quedarte.

Ahora ya lo sabes,

el sueño te alcanza, la ilusión sobrevuela por el cenit

de lo esperable. Eres un hombre que comprende,

el sufrimiento te ha convertido sin remedio

en alguien prudente.


Pero, ¿cuánto te ha costado?

¿cuántas horas de lágrimas vertidas agrietando tus mejores años?

Horas, lágrimas incontables que fueron derramándose

sobre un rostro joven.

Sí, tu rostro lo sabe, lleva la cuenta

de los golpes discretos que retumbaron la inocencia: aquello

que vive perfecto hasta que muere, en la súbita raíz prohibida

de lo inconfesable.

Amaste y creíste ver lo extraordinario,

amaste y moriste dulcemente creyendo ser testigo de una luz

más allá de lo divino.

Moriste y volviendo a abrazar una y otra vez

el cuerpo de la muerte, resucitaste. Como un muerto viviente,

apagado, melancólico y fugitivo.

Pasó una eternidad

de silencio incomprensible por tus huesos,

temblabas y callabas como un enterrado vivo

que quisiera quedarse dentro.


Éxtasis de silencio

El amor fue un gesto, señal cómplice que daba comienzo a un suspiro sin tiempo. Fue un instante, una caricia del viento, una mirada en...